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domingo, 15 de febrero de 2009

INSÍPIDO BENJAMIN BUTTON

David Fincher es uno de los directores más personales, y por qué no decirlo inquietantes surgido en el cine de Hollywood de los últimos tiempos. Forjado en el ultra esteticista campo del videoclip donde dirigió alguna maravilla del género para artistas como Madonna o Michael Jackson, Fincher dio el salto a la pantalla grande en 1992 con "Alien 3", una responsabilidad de tal calibre que algunos se sintieron decepcionados ante un film que no estaba a la altura de los predecesores de Cameron y sobre todo de Scott, a pesar de tratarse de una película muy interesante. No sería hasta el estreno de su segunda obra, “Se7en” (1995) cuando el mundo posó sus ojos en el joven director nacido en Denver. Aquel filme marca su encuentro con su alter ego en la gran pantalla, Brad Pitt, que ofreció en la película una de las más convincentes interpretaciones de su carrera, como el novato y torpe detective Mills. Convertido en un director estrella, Fincher nos ha dado una de cal y otra de arena desde entonces, y cada uno que escoja a cual pertenece cada una, porque seguro que no nos pondremos de acuerdo: “The game” (1997), “El club de la lucha” (1999), “La habitación del pánico” (2002) y “Zodiac” (2005) han precedido el estreno de “El curioso caso de Benjamin Button” filme con el que su director es reconocido finalmente por la academia de Hollywood con su primera nominación al Oscar como mejor director, entre las 13 con las que cuenta su película.

¿Estamos ante la mejor película del director? Obviamente no. Es más, estamos ante una de las más endebles. Un David Fincher convertido oficialmente en director de mamotretos de tres horas a las que sobra un tercio de metraje (no olvidemos lo larga que era “Zodiac”) nos ofrece aquí – la historia de un hombre que nace viejo en el primer cuarto del siglo XX, para a partir de entonces rejuvenecer con el paso de los años- un espectáculo cinematográfico insatisfactorio, por culpa de la falta de fluidez del relato. No ayuda una narración en flashbacks, contada por uno de los protagonistas postrados en una cama de hospital a punto de fallecer - una Cate Blanchett con más capas de maquillaje que el Drácula de Coppola- con el huracán Katrina como telón de fondo (¡!). Con ese error de base que hunde el ritmo, amputando la historia principal en los momentos más inoportunos, el film nunca acaba de arrancar. El espectador no es arrastrado por Fincher a su interior a pesar de aciertos puntuales, de momentos de indudable interés como la extraña relación entablada entre Pitt y Tilda Swinton en un solitario hotel ruso. La película parece una serie de anécdotas pegadas una a otra más que una narración homogénea y lineal. Somos espectadores incapaces de empatizar con unos personajes o bien muy sosos e inexpresivos (el Button de Pitt), o bien directamente insoportables (el de Blanchett, que se muestra incapaz de dar un poco de calidez a su papel de amante predestinada).

Si el director no es capaz de poner su sello como autor en la cinta, esta tampoco funciona como espectáculo hollywoodiense, a pesar de unos efectos digitales asombrosos: Benjamin Button carece de emoción y le sobra frialdad, como si su director temiera pasarse con el azúcar y se negara a cargar las tintas en su reflexión sobre el peso del destino, sobre el trascurrir del tiempo, eficaz en ocasiones como en su desenlace, pero con algunas frases en el guión que provocan sonrojo, por tópicos y superficiales (“No quiero envejecer”, “Me he dado cuenta de que nada es para siempre” etc.). La película en definitiva, con su belleza un poco de postal que pondrá de los nervios a los fans del Fincher más tenebroso, no funciona más allá de momentos concretos, pero no consigue llevar lejos al espectador: no nos fascina, ni nos maravilla, ni nos hace soñar, ni desear conocer a ninguno de los personajes que pueblan, o más bien vagan por el mundo del vacuo Benjamin Button.

martes, 14 de octubre de 2008

“QUEMAR DESPUÉS DE LEER”, LAS VACACIONES DE LOS COEN

El mismo año en que pudimos ver la triunfante aunque discutible “No es país para viejos” llega a nuestras pantallas la nueva película de sus directores, Joel y Ethan Coen, llamada “Quemar después de leer”. A bote pronto sorprende el cambio radical de temática y tono entre ambos films, rodados uno detrás de otro: lo que en “No es país para viejos” era oscuridad y gravedad, en su nuevo film se torna ligereza y frivolidad.

El mismo cuenta como un CD con las memorias de un ex-agente de la CIA caen en manos de dos idiotas (monitores de gimnasia, para más señas) que no dudan en chantajear a su dueño por el supuesto contenido comprometido del mismo. A partir de esta premisa la película está planteada como una sátira política y social sobre la America contemporánea, así como una parodia fina del cine de conspiraciones y espionaje, donde predomina la ironía y los chistes casi privados por encima del humor de brocha gorda que utilizan otros grandes del género. El problema es que por querer practicar un humor contenido, los autores acaban lastrando buena parte de las posibilidades cómicas de la trama y apenas hay grandes momentos de diversión a lo largo de su ajustado metraje. Película, que una vez más en el cine de los Coen está mal rematada, finalizando con una precipitación anti climática, y donde sus actores realmente parece que se lo han pasado en grande rodándola, y es una lástima que eso les impida realizar interpretaciones decentes. La sobreactuación campa a sus anchas, especialmente en unos forzados Clooney y Pitt, sin olvidarnos de un insoportable y gritón John Malkovich. Solo se salva de este clima de muecas desaforadas Tilda Swinton, actriz a la cual le da igual estar en una comedia, que en un thriller político, o en un drama interpretando a una madre coraje, siempre se aferra a una frialdad fascinante y bienvenida ante el derroche de “gracia” de sus compañeros.

Los Coen da la impresión una vez más que se toman la comedia como unas vacaciones. Para ellos es un género menor y su acercamiento al mismo es superficial y liviano. Sus comedias, y esta no es una excepción, se disfrutan, tienen ritmo y están rodadas con oficio, pero no dejan ningún poso en el espectador, como lo pueda hacer el cine de Billy Wilder por poner un ejemplo de gran director genio en este género. Esta película se olvida en cuanto atraviesas la puerta de salida del cine como ocurría con “Crueldad intolerable” o “Arizona baby”. “Quemar después de leer” sirve entonces como simple divertimento, otra cosa es que eso os parezca suficiente tratándose de una obra de los encumbrados, tal vez hasta la exageración, hermanos Coen.