El último filme del director Steven Soderbergh, “El soplón (The informant!)”, basado en hechos reales (aunque esto es un poco repetitivo decirlo porque lo que aborda es lo que ocurre continuamente en este gran mátrix en el que vivimos), nos acerca a los comienzos de la década de los 90. En una capital pequeña del interior de Estados Unidos, Mark Whitacre (Matt Damon), es un ejecutivo de una importante empresa ubicada en el sector agrícola. De carácter bastante friki, incluso rozando el retroamongolamiento propio del que se introduce demasiado en la cultura de ese país, comienza a colaborar con el FBI para denunciar a su propia compañía por supuestas prácticas ilegales de fijación de precios. A medida que va avanzando la trama, se descubre que es cierto, pero lo que también es verdad, es que el protagonista es parte de ese buen puñado de personas, se cuentan por millones en el planeta, que se creen sus propias mentiras. Su ego en apariencia altruista, sumido en ese ridículo concepto de pretender ser “un buen ciudadano”, va dando paso al patético objetivo de ser una especie de héroe para la opinión pública.Da la sensación, y de manera muy acertada, que el director ha colocado el argumento en varios niveles distintos, pero ligados entre sí. Por un lado, se denuncian los intereses de las multinacionales en detrimento de la salud de la gente y todos esos tejemanejes que desconocemos y con los que la mafia que nos gobierna en la sombra juega constantemente. Por otra parte, pone sobre el tapete la subnormalidad profunda de los directores, jefes y jefecillos en todas las áreas laborales. Es algo con lo que hay que bregar a diario: el más inútil, el más corrupto… en definitiva, el más jilipollas puede llegar a ser el que maneje el cotarro en tu trabajo. El guión de “El soplón” está muy bien elaborado, siempre acompañado por los constantes pensamientos internos, inconexos y a veces demenciales, como los de cualquier ser humano, del personaje principal. Matt Damon, siguiendo la tradición yanqui de que para interpretar bien hay que engordar varios kilos, no deja de realizar una actuación estimable. He leído por ahí críticas bastante en contra de esta película, pero quizá provengan de ese tipo de directores, jefes y jefecillos (o aspirantes a serlo) a los que me he referido; y también de los que mienten sin parar y además ocultan y disfrazan todo lo que rodea su vida. Es duro toparse con la verdad, aunque sea a través de un filme, pero tarde o temprano es lo que toca.
PUNTUACIÓN: 7,5/10






Entretanto, el inexpresivo David no puede olvidar a una novia que se ha quitado la vida. Para sobrellevarlo le come el coño un par de veces a la protagonista y le mete uno, dos, tres, cuatro, cinco y seis dedos (esto es un spoiler, así tal cual). Ryu (Rinko Kikuchi), que así se llama la insólita pescadera y asesina a sueldo -igual que uno de los personajes del popular juego de lucha Street Fighter-, tiene como amigo a un señor maduro que no para de grabar los sonidos que hace ella sorbiendo la sopa. El abuelete, que en el fondo está enamorado y no tiene otra cosa mejor que hacer, nos va relatando un poco el bagaje de la aburrida “criminal” (el personaje del viejo es una especie de Pai Mai de Kill Bill en versión floja, anestesiada y pacífica).
Lo forzado y artificial hace acto de presencia en todos y cada uno de los planos del filme, probablemente muy en la línea del Almodóvar más pesado –otro que tal baila-. Los planos más fijos, se mezclan con repentinos movimientos cámara en mano que no vienen a cuento. Pero el punto álgido del largometraje –y el más impostado-, casi al final y cuando ya no sabía cómo ponerme en el cine para superar el límite del sopor mortal, tiene lugar cuando la Coixet mete con calzador una canción de su amigo Antony. Falta de espontaneidad elevada a la máxima potencia. El icono del moderneo se alza ante los ojos del espectador, y la firma de autor cutre de la directora hace que te sientas pequeño y te reduzcas a la nada. En mi caso esa sensación se materializó en unas ganas terribles de vomitar, que unidas al malestar que me provoca escuchar por una sola centésima de segundo la insufrible voz de Hegarty –de verdad, lo he intentado, pero mi sistema auditivo no está genéticamente preparado para ello-, elevaron una frase contundente a mi mente. Tuve que taparme la boca para no gritar con todas mis fuerzas: “¡Inmólate, Isabel Coixet!”. Lo peor de todo es el mensaje final del filme, según el cual, “la gente nunca cambia”. Con mentiras más atroces hemos topado, eso por un lado. Por otro, el que no evoluciona es porque tiene miedo y vuelve a repetir, una y otra vez, las mismas acciones de siempre. Hasta las que más duelen. Así que, en vista de que esta mujer incide en rodar los inmensos truños con los que ha coloreado su bagaje creativo, será que sigue envuelta en ese pánico absoluto e infantil de los que tienen el síndrome de Peter Pan. 